22 jul. 2014

Leonardo Martels / Textos sin Esperanza

"...Estuvo internada hasta que nací, al final del séptimo mes por cesárea. Decía mi vieja que los médicos estaban seguros de que yo estaba muerto, ahogado en su sangre o algo por el estilo. Pero que ella me sentía moverme y que cuando me sentía llamaba a los médicos para que vieran que estaba vivo. Cuando los médicos llegaban yo me quedaba quieto. Cuando mi vieja decía eso me miraba y le brillaban los ojos y se reía. Decía mi vieja que estaba doblado al revés dentro de ella, que en vez de doblarme sobre mí vientre estaba arqueado para el lado de la espalda y que por eso fue un lío para sacarme. Lo primero que agarraron, en vez de la cabeza, fue la cara.


Cuando el médico la fue a buscar, dos días después del parto, para que mi vieja me viera por primera vez, le dijo: “señora usted no se asuste que el chico está sano y perfecto”. Mi vieja decía que le temblaban las piernas pensando con qué se iba a encontrar. Se encontró conmigo, que era de pie a cabeza un hematoma negro y violeta con la cara deformada por la hinchazón. Pero fue cierto lo que le dijo el médico, todo eso pasó, y fui normal o algo que podía tomarse por normal.


Mi primer padre tenía hijos con otra mujer. El más chiquito tenía poca diferencia de edad conmigo y su primer nombre era el segundo mío. Ese segundo nombre que yo nunca usé. Nunca conocí a ese hermano que se llamaba como yo. A los seis años corrió detrás de una pelota y lo mató un camión frente a su casa. Yo no sé si alguien me lo dijo o lo escuché en alguna conversación de grandes, o se me metió en la cabeza quién sabe cómo, pero viví mucho tiempo con la certeza que ese camión era para mí. Quizás mi primer padre pensó lo mismo y después de muchas batallas y de una especial en la que, según me contaron, mi vieja lo corrió toda una cuadra con una cuchilla en la mano, se fue para siempre..."

[Leonardo Martels (frag) / Textos sin Esperanza (pag. 39/40)]


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