16 jul. 2014

Pablo Sábato / Textos sin Esperanza

"...Cuando Mambrú volvió de la guerra nadie lo estaba esperando. Las noticias de la ocupación, del nuevo orden de las cosas, los análisis sobre las monstruosidades de la violencia, los cómputos de dedos, brazos, antebrazos, ojos y piernas amputadas, habían llegado mucho antes que él. La gente, luego de comentarlas, las había olvidado como había olvidado la guerra misma. Ese espectáculo de varité que es la sociedad había aplicado la máxima ineludible de la vida: el show debe seguir.

Mambrú llegó al país un día como cualquier otro, con su bolsa de marino en la espalda y un sentimiento de extranjería irremediable en la billetera, junto con la figura del santo protector y la foto de una familia que había sido la de Mambrú antes de que Mambrú fuera a la guerra. El día que llegó al país un glorioso jugador de fútbol, al que no dejaban suicidarse tranquilo, hacia revuelo junto con un centenar de bien intencionados fanáticos porque no había una sola clínica dispuesta a aceptarlo a él y a sus fanáticos. Cada día caían doscientas familias bajo la línea de indigencia según lo estipulado por las estadísticas optimistas del gobierno. Y la mayor y más estúpida crisis de energía se ensañaba contra las familias ya indigentes y las que estaban a medio digito de serlo. 

Traspasó lentamente la puerta de la casa familiar y con pasos silenciosos llegó hasta la cocina. Su madre le daba la espalda e inclinada en la pileta pelaba papas. Pensó Mambrú en esa madre que recordaba con un rostro de trazos tenaces, recordó la certeza de que esos trazos se habían intensificado en la medida que su madre había borrado los rostros de todos lo que alguna vez estuvieron cerca de ella. No pudo encontrar el viejo rencor fatigoso que era el sentimiento que lo unía a esa mujer. La vio pequeña y abultada de espalda. Sin sentir ternura, experimentó piedad. Su madre giró y lo vio allí parado, de pronto algo pasó en la cara de esa mujer lejana y, mal secándose las manos en el delantal, dio unos pasos rápidos hasta ese hombre que alguna vez fue su hijo. Le tomó la cara con las manos, le apretó las mejillas con ellas y luego le sacó el pelo de la frente. Con algo de espanto en la voz dijo:

-¡Mi hijo, que te han hecho mi hijo!-

A lo que Mambrú contestó lentamente con una voz que no era la voz de Mambrú antes de ir a la guerra, mirándola a los ojos como si quisiera llorar:


-No se trata de lo que me hicieron, sino de lo que yo he hecho.-...·

[Pablo Sábato (frag.) / Pág. 45-46 Textos sin Esperanza]


0 comentarios :

Publicar un comentario

Gracias por estar, por ser, por leer y por escribir.